Crítica // LO IMPOSIBLE (es no llorar)

A pesar de no haber llorado -jamás lo he hecho con una película, la verdad- sí noté cierto picor en los lagrimales de mis ojicos en alguna escena de Lo imposible, la estupenda segunda peli de Juan Antonio Bayona. Es curioso que en un momento en que solo se oyen quejas por la falta de financiación, se hayan visto ya dos pelis españolas -esta y Blancanieves- que destilan lo contrario, una poderosa imaginación. Aunque lo de las subvenciones no me convence mucho, si Bayona viniese a pedirme una para su próximo proyecto se la daría sin dudarlo; como se la daría a Vigalondo, Balagueró o Berges; como no se la daría a tantísimos otros adictos al dinerete público que pueblan el suelo patrio. Pero, bueno, a lo que íbamos…

Si hay que destacar algo de Lo imposible es el magistral trabajo de montaje de Elena Ruiz y Bernat Vilaplana, realizado al son de un Bayona que da muestras de enorme pericia cinematográfica. Es complicado contar durante dos horas una historia con tan pocos elementos narrativos y tan sutiles puntos de inflexión -a excepción, obviamente, del incidente incitador de la historia y los correspondientes a la crisis y el clímax- sin aburrir al personal. Es más, un abutacao palomitero como el que escribe estas líneas, culo de mal asiento en todo cine existente y por existir, estuvo con los ojos pegados a la pantalla sin apartarlos un solo instante, siendo así que los 120 minutos me parecieron apenas diez.

No comparto la opinión de las críticas que acusan a Lo imposible de dramatismo y sanguinolencia gratuitas. Con la excepción de una escena que me chirría por su peligrosa aproximación al melodramatismo de tv movie -la de las llamadas telefónicas- el resto no me parece más que la narración brutal de una situación paralelamente brutal. La búsqueda de una madre o de un hijo en un infierno de destrucción como el que se debió vivir tras el tsunami de 2004 es una experiencia atroz, una catástrofe emocional dentro de una catástrofe física, tan personal como colectiva, que Bayona narra con clarividencia.

El director catalán ha construido una experiencia sensorial, a flor de piel, que no escapa de lo cruel pero que tampoco se recrea en ello. El que vea hiperrealismo en Lo imposible es que le falta aún mucho cine por ver; podríamos nombrar a un buen número de autores de hoy que con esta historia nos habrían servido una truculenta ensalada de vísceras -y no me refiero a los genios Tarantino y Gibson- en contraposición a un muy comedido Bayona. Pero uno de los grandes aciertos de este film es que, precisamente, basa el escalofrío del espectador en la conexión emocional que este establece con lo narrado y no en la deformidad plástica del horror que describe. En mi opinión, en esta peli no hay pornografía del sentimiento -con la excepción ya citada- ni de la herida abierta.

La desesperación y la esperanza que embargan por igual a personajes y espectador nace de la habilidosa puesta en escena del cineasta responsable de El orfanato, que sumerge el alma del público en un viaje también sensorial. La palomita se atraganta en una tráquea llena de barro, calor y mosquitos; la sangre seca y las palmeras arrancadas de cuajo son más reales, además, porque la fotografía de Óscar Faura -casera hasta lo mareante en ciertos puntos del metraje- es tan sucia como el tono marrón que mancha cada fotograma.

Mucho se ha hablado de los críos que coprotagonizan la peli, especialmente del mayor de los tres: Tom Holland (Lucas). Sin llegar al nivel de Hunter McCracken en El árbol de la vida, es de recibo subrayar la interpretación de Holland por fresca, viva y sincera, de crío malcriado en una situación jodidísima. Ewan McGregor da la talla, aunque la que está inmensa es una Naomi Watts en plan madre coraje. A uno le puso los pelos de punta por la intensidad -que no histerismo- de su papelazo.

En definitiva, que nadie se pierda Lo imposible. A mayor o menor escala para cada cual, será una experiencia nítida de cine simple, directo al estómago y al corazón.

Tráiler en inglés subtitulado de Lo imposible

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Publicado el 22 octubre, 2012 en EN CARTELERA: CRÍTICAS SIMPLES y etiquetado en , , , , , , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente. 4 comentarios.

  1. Estoy de acuerdo, si que es verdad que despues de un tiempo de verla, sigo recordandola y me ayuda a ser mas positivo y a disfrutar mas la vida con los mios, aunque no dejé de sufrir ni un momento en el cine, yo soy uno de esos que por un lado tenia ganas de que se acabara la peli por exceso de sangre y dolor y por otro lado reconozco que me ha encantado la peli, será que soy un debil.

  2. Yo lo siento pero no puedo. Solo la angustia que me supone pensar verme en la situación que plantea el trailer (perder de vista a mi hijo) me paraliza el cuerpo. Yo lo siento, pero con el trailer ya tengo suficiente. Me pasó lo mismo con The Road (Vigo Mortensen)… la quité a los 10min…

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